domingo, 20 de mayo de 2012

La inquebrantable soledad.


Quizás sea por un cierto acervo clásico, o por el hecho de acometer una de las piezas más importantes y hermosas de la literatura clásica, la inquebrantable soledad o el placer que puede dar el estar solo, incluso cuando se está acompañado.

Durante muchos años, todo esos grandes personajes que han poblado la novela negra, Marlowe, Carvalho, Montalbano, Brunetti, Blanco, se me han antojado hermosos personajes solitarios, que necesitan la condescendencia del silencio para poder resolver sus casos, así como nosotros mortales corrientes necesitamos de esa misma soledad para poner en orden nuestro mundo, ordenar nuestras ideas, fomentar nuestra prioridades y desarrollar aquellas facetas donde podemos dar los mejor de nosotros mismos, y sobre todo, ser capaces de ser más solidarios y más comprensivos.

Quizás sea porque también  estoy viendo que el primer síntoma literario de la madurez debe ser la aceptación de cualquier cuadro o situación, siempre que no sean dañinos, siempre que queden exentos de sufrimiento. Cuánto de este se evitaría si fuéramos capaces de decir,  en cada momento, sin acritud, lo que deseamos.


La literatura tal como la entendemos, igual que el cine, (siempre he entendido que este último es una extensión visual de la primera), nos permite ver que "El teatro del que se forjan los sueños", sólo es posible si peleamos por su conquista, aún sabiendo lo que podemos perder en el intento.

Tengan una buena semana.


Les dejo con tres piezas musicales que hablan de eso: de la soledad.



Esta primera es de Sabina y nos recuerda las interminables noches de copas donde a las seis de la mañana recordábamos aquello de "muy mal se nos tiene que dar esta noche ..."


Y este otro de una de las más grandes bandas de la historia, y que ha dejado a uno de los grandes "monstruos musicales" del SXX, Sting






La voz desgarrada de el Cigala y este tango sobrecogedor, sirven para dar colofón a estas palabras.

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