viernes, 21 de octubre de 2011

La segunda es más reciente, pero no por ello menos relevante


Esta es de Vargas Llosa y fue publicada en uno de sus estupendos artículos dominicales de El País. Uno puede, es más, debe estar en desacuerdo con Don Mario, pero qué bien escribe y qué polemista más agudo y creador de incertidumbres es. 


Esta diferencia entre el "Auctoritas" y la Autoridad es algo muy poco frecuente de encontrar en el mundo de hoy, quizás porque los profesores nos vienen impuestos y los maestros los elegimos nosotros, pero ¿cuántos de estos últimos encontramos en esta fauna de Blogeros, tertulianos (a partir de hoy me dejarán usar la licencia de llamarles "tertulianos"), políticos que copan nuestras fuentes de información. ¿Cómo distinguir al ilustrado del demagogo y no deformarnos en el Cambalache de Discépolo? 


Quizás sirvan estas reflexiones de Don Mario para ayudarnos.
"Pero la autoridad, en el sentido romano de auctoritas, no de poder, sino, como define en su tercera acepción el Diccionario de la RAE, de "prestigio y crédito que reconoce a una persona o institución por su legitimidad o por su calidad y competencia en alguna materia", no volvió a levantar cabeza. Desde entonces, tanto en Europa como en buena parte del resto del mundo, son prácticamente inexistentes las figuras políticas y culturales que ejercen aquel magisterio, moral e intelectual al mismo tiempo, de la "autoridad" clásica y que encarnaban a nivel popular los maestros, palabra que entonces sonaba tan bien porque se asociaba al saber y al idealismo. En ningún campo ha sido esto tan catastrófico para la cultura como en el de la educación. El maestro, despojado de credibilidad y autoridad, convertido en muchos casos en representante del poder represivo, es decir, en el enemigo al que, para alcanzar la libertad y la dignidad humana, había que resistir, e, incluso, abatir, no sólo perdió la confianza y el respeto sin los cuales era prácticamente imposible que cumpliera eficazmente su función de educador -de transmisor tanto de valores como de conocimientos- ante sus alumnos, sino de los propios padres de familia y de filósofos revolucionarios que, a la manera del autor de Vigilar y castigar, personificaron en él uno de esos siniestros instrumentos."

Decía Borges que allá cada uno con lo que escribe

Este Blog empieza comentando cosas que otros han escrito,  porque parodiando al mismo, "soy, ante todo, un lector agradecido", y quizás deba añadir un amante agradecido de cualquier tipo de música y un cinefilo empedernido.

La primera es la maravillosa réplica de Unamuno a Millán Astray. Recuerdo la primera vez que la escuché en un viejo cine de mi querida Laguna; se me quedaron grabadas a sangre y fuego, y ayer me volvieron a repicar en la memoria como campanas.
“Acabo de oír el grito necrófilo e insensato de “¡Viva la muerte!”.  Esto me suena lo mismo que “¡Muera la vida!”. Y yo, que me he pasado toda la vida creando paradojas que provocaron el enojo de quienes no las comprendieron, he de deciros, con autoridad en la materia, que esta ridícula paradoja me parece repelente. Puesto que fue proclamada en homenaje al último orador, entiendo que fue dirigida a él, si bien de una forma excesiva y tortuosa, como testimonio de que él mismo es un símbolo de la muerte”.“Y otra cosa:  El general Millán-Astray es un inválido5. No es preciso decirlo en un tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero los extremos no sirven como norma. Desgraciadamente hay hoy en día demasiados inválidos. Y pronto habrá más si Dios no nos ayuda”.“Me duele pensar que el general Millán-Astray pueda dictar las normas de psicología de las masas. Un inválido que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, que era un hombre, no un superhombre, viril y completo a pesar de sus mutilaciones, un inválido como dije, que carezca de esa superioridad del espíritu, suele sentirse aliviado viendo como aumenta el número de mutilados alrededor de él”.Millán-Astray, irritado, grita “¡Muera la inteligencia!6 – y el gaditano Pemán, en su línea habitual, corrige: “¡No! ¡Viva la inteligencia! ¡Mueran los malos intelectuales!Unamuno, que se había ido exaltando por momentos, replica de nuevo: “¡Este es el templo de la inteligencia, y yo soy su supremo sacerdote! Vosotros estáis profanando su sagrado recinto. Yo siempre he sido, diga lo que diga el proverbio, un profeta en mi propio país. Venceréis, pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta; pero no convenceréis, porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil pediros que penséis en España. He dicho”.