Puede ser, y digo tan sólo puede ser, que mis amigos me llamen en privado Don Vito, no porque me parezca para nada al maravilloso personaje recreado por el genial Marlon Brando, con el gato sobre el pantalón diciendo aquello de "Bonassera, Bonassera, que he hecho yo para que me tengas tan poco respeto".
También puede que sea porque Boyero decía ayer en El País que él la revisa cada tres meses, yo lo hago una vez al año y revivo esta tragedia Shakesperiana sobre la familia, el poder, la corrupción, los odios ancestrales. "Ten cerca a tus amigos, pero mucho más cerca a tus enemigos"; el perdón y su ausencia (era imposible perdonar a Fredo, que levante la mano el que así lo crea), los políticos y su forma de entender el dinero; la honorabilidad de los mafiosos, su pacto con la iglesia, el sexo, siempre tan oculto para los latinos como necesario para entender su mundo (miren en la primera las miradas lascivas de Constanza, más tarde la "malosa" tía Connie a su marido Carlo el día de su boda) y la picaresca de la tarantela cantada por la mamma en la segunda entrega, con esos flash back que nos devuelven a la Sicilia de después de la guerra y la increíble "entente cordiale entre la mafia", el Vaticano y la Democracia Cristiana con la historia de Roberto Calvi, el Banco Ambrosiano y el Cardenal Markinkus, disfrazada bajo el paraguas de una alianza corporativa entre la UE y EEUU.
Y como no, la música, siempre la música; desde la versión de un hijo cantando en siciliano a su padre, a las antiguas orquestas del Floridita en La Habana, acabando ese maravilloso tercer acto de la III parte con la música de La Cavalleria Rusticana, mientras Lee J. Cob come un pastel envenenado.
Gracias Coppola por hacerme feliz, por hacerme creer, sólo en el cine, que los mafiosos pueden ser gente honrada y tener un código de honor, y que cualquier pecado en familia siempre supera el perdón (Neri pagarás con tu vida si Fredo muere antes de que muera mi madre), y que el cine explica mejor como funciona el mundo, que éste por sí mismo.
La Saga de El Padrino es una epopeya (cómo le puedes contar tus pecados a un sacerdote antes que hablar con alguien de la familia) y una tragedia (Michael Corleone nunca quiso ser lo que era, y Vito Corleone no quería que su hijo se convirtiera en lo que se convirtió), y tuvo que vivir con eso entre el personaje que deseó ser y en el que se convirtió (tal como dice Diane Keaton: te convertiste en mi horror).
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